Extracto del libro
Nací en Hospitalet de Llobregat, en Barcelona, en 2007.
Hace cinco años la vida me llevó a Cádiz, un giro inesperado que dio un vuelco a mi vida que lo cambió todo. Fueron dos grandes golpes los que marcaron mi camino, momentos que me rompieron por la mitad, pero que en realidad me enseñaron a levantarme más fuerte, más consciente, más viva. Hoy sé que cada cicatriz es una historia, y cada caída, una lección.
Soy una mujer resiliente, que lucha cada día, pero que también se detiene a escuchar su alma y su cuerpo. El deporte es mi refugio y mi motor: natación, equitación, surf, senderismo, ciclismo, running…
Cada movimiento me recuerda que mi cuerpo es capaz de superar cualquier límite, que mi mente puede ir más allá del miedo y la duda. Estoy en un grado medio de deporte, no solo por vocación, sino por el deseo de entender hasta dónde podemos llegar cuando nos escuchamos y nos cuidamos.
Siempre supe que escribir un libro era algo que debía hacer. Muchas personas de mi familia me lo han pedido, y yo lo sentía en mi interior, hasta que un día comprendí que era el momento. Ahora, con mi libro entre las manos, siento que un sueño se ha cumplido. Es un recordatorio de que la vida no espera, que el tiempo es un bien que se escapa entre los dedos y que hoy es el único momento que tenemos para ser y para hacer.
La vida es breve, frágil y hermosa. Nos sorprende, nos pone a prueba, nos aleja de lo que creemos seguro. Por eso, hay que abrazar cada instante, valorar a quienes tenemos cerca y atrevernos a vivir con intensidad.
La oscuridad me visitó, sí, pero de ella aprendí a valorar la luz, la alegría y la magia que se esconden en los momentos más sencillos.
Soy amante del deporte, sí, pero también de la risa, la locura y la vida compartida. Conmigo, reír es inevitable; conmigo, descubrirás que incluso tras la tormenta hay fuerza, amor y chispa para dar y regalar.
Mi ley de vida:
“Cuando creas que no puedas más, recuerda que ya has sobrevivido todo lo que alguna vez pensaste que no podrías”
CAPÍTULO II: EL DEPORTE
El deporte para mí no es solo una actividad; es mi vida. Es el lugar donde encuentro paz cuando todo parece caótico, donde mi mente deja de dar vueltas y mi cuerpo se convierte en un instrumento de liberación. Cada entrenamiento es una batalla contra mis límites, pero también un acto de amor hacia mí mismo. Me da energía, me levanta en los días oscuros, y me recuerda que siempre puedo más de lo que creo.
Ahora que estoy en un grado medio de deporte, he encontrado mi refugio. No es solo aprender técnicas o mejorar mi rendimiento; es aprender a conocerme, a escucharme, a respetar mis tiempos y mis fuerzas. En este espacio, cada esfuerzo tiene un significado, cada gota de sudor es un testimonio de mi perseverancia, y cada pequeño logro se convierte en un motivo para seguir adelante.
El deporte me ha enseñado a enfrentar mis miedos, a superar la frustración, a valorar la disciplina y a celebrar la constancia. Me ha mostrado que los límites no son muros infranqueables, sino líneas que se dibujan solo para que las crucemos. Más que un hobby, es mi vida.
forma de vivir, de reconectar conmigo mismo y de construir la mejor versión de mí. En este camino, he encontrado mi voz, mi refugio y mi fuerza, y sé que, mientras tenga el deporte, siempre tendré un lugar donde ser auténticamente yo.
El primer año del grado medio ha sido, sin duda, uno de los más duros de mi vida, y al mismo tiempo, uno de los más bonitos. He sufrido, he caído y he luchado hasta el final. Cada día era un desafío: cargaba mi propia mochila invisible, llena de miedos, inseguridades y dudas.
Alejarme de mi hogar, de mi refugio seguro, de mi familia, no fue fácil. Sin embargo, en medio de esa sensación de pérdida, encontré otra familia: compañeros que se convirtieron en apoyo, en confianza, en amistad verdadera. Aprendí que la amistad no se mide por el tiempo compartido, sino por la sinceridad y por estar ahí incluso cuando uno se siente perdido. En tan poco tiempo, tuve que adaptarme a tantos cambios, enfrentar nuevos retos y, sobre todo, enfrentarme a mí misma.
Tuve que enfrentarme a caballo, a bici, y a natación.
A continuación voy explicando todo lo que he sentido en cada uno de estos deportes que para mí no fue nada fácil, pero he encontrado lo más hermoso de cada uno de ellos.
El caballo me generaba miedo, un miedo que no podía controlar, un pánico que me paralizaba al subirme. Cada sesión era un desafío, un enfrentamiento directo con mis inseguridades. Sin embargo, poco a poco, algo comenzó a cambiar. Aprendí a fluir: mi cadera, mis piernas y mi alma comenzaron a moverse al ritmo del animal, en armonía con su fuerza y su energía. Lo que al principio parecía imposible se transformó en un baile de confianza y respeto mutuo.
Y entonces llegó el momento de galopar. Sentí algo que no había experimentado antes: una libertad absoluta, un gozo profundo que me llenaba por dentro. En ese instante, no había miedo, no había dudas, solo yo y el caballo, juntos, como un solo ser en movimiento. Mi alma se sintió ligera, libre, y comprendí que enfrentar los miedos puede abrir puertas que jamás imaginamos. Aprender a confiar, a fluir y a entregarme al momento me enseñó que la verdadera fuerza no es controlar, sino armonizar, no es dominar, sino dejar que el miedo se transforme en libertad.
Ese instante me mostró que cada miedo superado es un paso hacia mi propia liberación. Galopar se convirtió en un símbolo de todo lo que puedo lograr cuando dejo atrás la duda y confío en mí misma.
La bici ha sido un espejo de mi paciencia, mi esfuerzo y mi superación. Recuerdo cuántas veces caí, cuántas veces me quedé atrás, viendo cómo todo el mundo avanzaba mientras yo me sentía rezagada, atrapada en mi frustración y mi dolor. Esos momentos eran duros, me hacían cuestionarme si alguna vez podría alcanzar lo que veía a mi alrededor, si alguna vez podría sentirme fuerte y capaz. Pero no permití que esas caídas definieran quién era.
Me esforcé, luché, repetí, me levanté y seguí pedaleando. Cada intento era un aprendizaje, cada caída una lección. Con el tiempo, algo cambió. Sentí que mis piernas, mi mente y mi corazón trabajaban al unísono, sincronizados con cada pedaleada. En ese momento, comprendí que todo esfuerzo, por pequeño que parezca, tiene su recompensa. La perseverancia se convirtió en mi aliada y la bici, en mi compañera.
Ahora la amo. No es solo un medio para desplazarme o completar rutas; es un refugio.
Cuando necesito desconectar, me voy con ella, explorando paisajes, atravesando montañas y sintiendo el viento en la cara. Cada pedaleada se convierte en una pequeña victoria sobre mis miedos, mis dudas y mis límites. La bici me ha enseñado que la libertad no siempre se encuentra en la rapidez, sino en la constancia, en la entrega y en la conexión con el entorno y conmigo misma.
Lo que antes era frustración y miedo, ahora es alegría y serenidad. La bici me acompaña en mis momentos de reflexión, me ayuda a despejar la mente y a sentirme viva. Me recuerda que la fuerza no está solo en avanzar rápido, sino en levantarse tras cada caída, en seguir pese a las dificultades, y en disfrutar del camino, sin importar cuán largo o empinado sea. Pedalear se ha vuelto una metáfora de mi vida: la perseverancia, la confianza en mí misma y la capacidad de superar los obstáculos son las verdaderas victorias.
En cada ruta, en cada subida, en cada descenso, siento que crezco, que aprendo y que encuentro un pedacito más de libertad y de mí misma. La bici no solo me ha enseñado a pedalear; me ha enseñado a confiar, a luchar y a disfrutar del viaje, recordándome siempre que cada esfuerzo tiene su recompensa y que, a veces, la verdadera victoria es simplemente seguir adelante, con constancia y con el corazón abierto.
La natación tampoco fue fácil al principio. Recuerdo con claridad la frustración de aquellos primeros días, cuando sentía que mi cuerpo no me obedecía, que mis brazos y mis piernas iban cada uno por su lado, descoordinados, como si fueran piezas sueltas que no lograban encajar en un mismo movimiento. El agua me pesaba, me ahogaba, me recordaba constantemente mis límites. Más de una vez pensé que no lo lograría, que quizá aquello no era para mí.
Pero con el tiempo comprendí que la natación, como la vida, no se trata de dominarlo todo de golpe, sino de aprender a fluir. Poco a poco, el agua dejó de ser un obstáculo y se convirtió en un refugio. Descubrí que cada brazada era una oportunidad de vaciar mis miedos y llenarme de fuerza, que cada segundo bajo el agua me acercaba un poco más a la calma que necesitaba en mi interior. La piscina dejó de ser un lugar de frustración para transformarse en un espacio de libertad, un rincón donde podía ser yo misma, sin juicios, sin ruido, solo con mi respiración y el latido de mi corazón.



